Tenía ocho meses de embarazo cuando Javier se fue. No hubo gritos ni despedidas dramáticas: solo una maleta, la puerta cerrándose y un mensaje seco en el móvil: “Necesito aire. No me busques.” Me quedé mirando la pantalla con una mano en la barriga y la otra temblando. Esa misma noche, mi madre, Carmen, vino a casa y encontró los recibos sin pagar sobre la mesa. “María, dime la verdad: ¿desde cuándo está raro?”, preguntó. Yo intenté defenderlo por inercia, como si todavía fuera mi marido y no un desconocido. “Está estresado… volverá.” Pero mi voz no sonaba convencida.
Pasaron dos semanas sin una sola llamada. Yo iba a las revisiones sola, firmaba papeles sola, y contestaba a los vecinos con una sonrisa falsa. En la última consulta antes de la fecha probable de parto, la matrona me miró con seriedad. “¿Tienes apoyo? ¿Alguien que pueda estar contigo si se adelanta?” Yo asentí sin pensar y mentí: “Sí, mi marido.” Era más fácil mentir que aceptar que me había dejado tirada.
La madrugada en que rompí aguas, el mundo se volvió urgente. Carmen me llevó al hospital, agarrándome la mano mientras yo respiraba como me habían enseñado. “Mírame a mí, hija. Esto lo sacamos las dos”, repetía. En admisión, la enfermera pidió mi DNI y el número de la seguridad social. Yo apenas podía hablar por las contracciones, pero lo dije como pude. Nos pusieron una pulsera y me mandaron al pasillo de maternidad.
Fue entonces cuando lo escuché.
“Tranquila, amor… todo va a salir perfecto.”
Esa voz. La misma que me cantaba en la cocina. Giré la cabeza y lo vi: Javier, de pie junto a una chica joven, con el pelo recogido, una carpeta en la mano y una sonrisa que me dolió más que cualquier contracción. Él tenía la palma apoyada sobre su vientre, como si ese gesto le perteneciera.
La chica le respondió bajito: “¿Y si me llaman ahora? Me da miedo.”
Javier la besó en la frente. “Estoy aquí.”
Me quedé clavada, con la bata a medio poner y el corazón golpeándome en la garganta. Carmen siguió mi mirada y, en voz muy baja, dijo: “María… no me digas que…”
En ese instante, una enfermera salió por la puerta y llamó fuerte, mirando su lista:
“¡Lorena Díaz! ¡A consulta!”
Lorena dio un paso… y Javier, por fin, levantó la vista y me vio.
Su cara se quedó blanca.
Durante un segundo nadie se movió. Lorena se giró hacia mí, confundida, y luego miró a Javier como buscando una explicación. Él abrió la boca, pero no le salió ninguna palabra. Yo sentí el calor subirme a la cara, una mezcla de rabia y vértigo, y tuve que apoyarme en la pared para no caer. La contracción llegó como una ola y apreté los dientes. Carmen, firme, le plantó la mirada.
“¿Qué haces aquí, Javier?”, preguntó ella, sin elevar el tono, pero con una calma que daba miedo.
Javier tragó saliva. “María… yo… esto no es lo que parece.”
Lorena frunció el ceño. “¿Quién es María?”
Ahí se me rompió algo por dentro. No era solo una infidelidad: era la facilidad con la que él llevaba una doble vida. Respiré hondo y hablé despacio, para que cada palabra pesara. “Soy su esposa. Y estoy de parto.”
Lorena se llevó la mano a la boca. “¿Tu esposa? Javier, ¿qué…?”
Él dio un paso hacia mí. “María, por favor, no hagas esto aquí.”
“¿No haga qué?”, solté, temblando. “¿Que te vea? ¿Que te reconozca en el mismo hospital donde vine a traer a tu hijo al mundo?”
Una enfermera se acercó, alerta por el ruido. Carmen intervino rápido: “Mi hija está con contracciones fuertes. Necesita que la atiendan ya.” La enfermera me miró, evaluó mi estado y asintió. “Venga, cariño, vamos dentro.”
Mientras me llevaban, escuché a Javier intentar detener a Lorena. “Luego te explico.” Pero Lorena se apartó como si él quemara. “No me toques. ¿Cuánto tiempo llevas mintiéndome?”
Me metieron en una sala de dilatación. Carmen se quedó conmigo y me acomodó el pelo de la frente. Yo lloraba sin hacer ruido, más por humillación que por dolor físico. En un momento entró una matrona con un formulario. “María Sánchez, ¿verdad? Necesito que confirmes el nombre del padre para el registro. ¿Vendrá?”
Me reí, una risa corta y amarga. “No.”
Carmen me apretó la mano. “Pon lo que tú quieras, hija. Lo importante es el bebé.”
La matrona dudó un instante y bajó la voz. “Te lo pregunto porque… ha habido una confusión en admisión. Acaba de entrar una pareja con datos muy parecidos y han intentado acceder a información que no les corresponde. Ya está avisado el supervisor.”
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del hospital. “¿Intentado acceder a información?”
La matrona asintió. “Sí. Han preguntado por tu historial, por tus análisis y por el parte de ingreso. No podemos dar nada sin autorización, claro. Pero han insistido.”
Carmen frunció el ceño. “¿Quiénes?”
Yo lo supe antes de que lo dijera. Javier. Y Lorena, sin entender todavía en qué lío estaba metida.
Y entonces lo comprendí: no era solo el engaño. Era que él estaba allí para controlar algo. Para adelantarse a algo. Y yo aún no sabía qué.
Las horas siguientes se mezclaron entre respiraciones, dolor y una claridad feroz. Mientras yo luchaba por mantener el control, mi mente no dejaba de repetir la misma pregunta: ¿por qué Javier querría mi historial? ¿Qué temía encontrar? Carmen, sentada a mi lado, tenía los ojos encendidos. “Esto huele mal, María. No es solo que esté con otra. Es que está nervioso por algo.”
En un descanso entre contracciones, pedí hablar con el supervisor. Entró un hombre de mediana edad, el señor Robles, con una tablet en la mano. “Señora Sánchez, me han informado de un intento de acceso indebido a su información médica. ¿Reconoce a la persona que lo intentó?”
Tragué saliva. “Sí. Mi marido, Javier Morales.”
Robles levantó la vista. “¿Su esposo legal?”
“Sí. Pero estamos separados de hecho. Me abandonó hace dos semanas.” Se lo dije sin adornos, como quien arranca una venda.
Robles asintió con profesionalidad. “Entonces queda registrado: no se autoriza a esa persona a recibir información ni a entrar a esta área sin su consentimiento. Pondremos una nota de restricción y seguridad estará avisada.”
Carmen soltó el aire, como si por fin pudiera respirar. Pero yo necesitaba una respuesta más. “¿Qué preguntó exactamente?”
Robles consultó la pantalla. “Solicitó resultados de análisis recientes, en especial los de compatibilidad y un informe sobre su seguro.” Hizo una pausa. “También preguntó por el procedimiento de reconocimiento del recién nacido y por el alta.”
Me quedé helada. Javier no venía por amor, ni por vergüenza. Venía por papeles. Por control. Por asegurarse de que yo no pudiera moverme sin él. En ese instante entendí el precio que pretendía cobrarme: dejarme sola y, aun así, mantener el poder.
Cuando, al fin, nació mi hijo—mi pequeño Daniel—todo lo demás se volvió secundario por un minuto. Lloró fuerte, sano, con esa rabia preciosa de quien llega al mundo exigiendo espacio. Yo lo abracé con lágrimas calientes en las mejillas. Carmen besó su frente y murmuró: “Aquí empieza otra vida.”
A la mañana siguiente, Robles volvió con una hoja para firmar la restricción definitiva y me explicó mis opciones para el registro. Yo no dudé. “El padre no estará.” Lo dije mirando a mi hijo, no a la hoja.
Más tarde supe, por una enfermera, que Javier había intentado entrar otra vez y que seguridad lo había sacado del área. Lorena, en cambio, se marchó llorando, sin mirar atrás. No sentí victoria, solo un cansancio antiguo. Pero también sentí algo nuevo: libertad.
Ahora te pregunto a ti, que estás leyendo esto: si tu pareja te abandonara embarazada y lo encontraras así, ¿lo denunciarías por intentar acceder a tu información? ¿Le permitirías estar en el registro del bebé? Déjamelo en comentarios: ¿qué harías tú? Y si conoces a alguien que esté pasando por algo parecido, comparte esta historia—quizá le dé fuerza para elegir(se).