El reloj siempre había estado allí, en el cajón de la mesilla, junto a mis gafas y una foto vieja. No era bonito ni caro. La correa estaba gastada y el cristal tenía una pequeña grieta. Pero para mí, ese reloj era lo único que me quedaba de Daniel, mi esposo. Él lo llevaba todos los días, incluso cuando ya estaba enfermo. Decía que le recordaba que el tiempo seguía avanzando, pasara lo que pasara.
La mañana en que no lo encontré, sentí un vacío inmediato en el pecho. Revisé cajones, bolsos, incluso el cubo de la basura. Nada. Pregunté a mi hijo Marcos con un hilo de voz, esperando una respuesta sencilla, algo tranquilizador. Él ni siquiera levantó la mirada del teléfono cuando dijo, seco:
—Deja de insistir. Lo vendí. Necesitaba ese dinero para mi viaje.
Sentí como si me hubieran dado una bofetada. Le grité que ese reloj no le pertenecía, que no tenía derecho. Marcos se encogió de hombros y se fue de casa, dejándome sola con una rabia que se mezclaba con tristeza. Temblando, busqué en el historial de llamadas y encontré el número de una casa de empeños cercana. Marqué sin pensar demasiado.
—Casa de empeños San Jorge, dígame —respondió una voz masculina.
Le expliqué lo ocurrido, describí el reloj. Hubo un silencio incómodo al otro lado de la línea.
—Señora… tiene que venir —dijo finalmente—. Encontramos algo dentro del reloj.
Mi corazón empezó a latir con fuerza. Pregunté qué habían encontrado, pero se negó a decirlo por teléfono. Colgué y me senté en el sofá, mirando la pared. Daniel nunca me habló de nada escondido en ese reloj. Y en ese instante, lo entendí: había algo de mi esposo que yo nunca llegué a conocer. Algo que ahora estaba a punto de cambiarlo todo.
Llegué a la casa de empeños con las manos sudorosas. El lugar olía a metal viejo y madera encerada. El hombre del teléfono, que se presentó como Javier, sacó el reloj de una caja y lo colocó sobre el mostrador. Lo reconocí al instante. Sentí ganas de llorar, pero me contuve.
—Cuando abrimos la tapa trasera para revisar el mecanismo —explicó—, encontramos esto.
Dejó a un lado el reloj y me mostró un pequeño papel doblado con cuidado y una diminuta bolsa de plástico. Dentro había varios billetes antiguos y una nota escrita a mano.
La letra era de Daniel. La reconocería en cualquier parte. Decía que ese dinero era un fondo de emergencia, por si algún día yo lo necesitaba y él ya no estaba. También explicaba que había ahorrado poco a poco, sin decir nada, porque sabía que yo siempre priorizaba a los demás antes que a mí misma.
Me quedé sin palabras. Recordé todas las veces que le insistí en no preocuparse por el dinero, en disfrutar del presente. Y él, en silencio, había pensado en mí, en mi futuro. Javier me explicó que, legalmente, el contenido del reloj seguía siendo mío y que podía recuperarlo pagando solo una parte mínima, ya que Marcos lo había vendido por casi nada.
Salí de allí con el reloj en el bolso y el corazón hecho pedazos. Esa misma noche llamé a Marcos. No grité. No lloré. Le expliqué lo que había dentro, lo que su padre había hecho. Hubo un largo silencio al otro lado.
—No lo sabía —dijo finalmente, con la voz rota.
Por primera vez, sentí que mi hijo entendía la gravedad de lo que había hecho. Pero también supe que no bastaba con recuperar el reloj. Teníamos que enfrentar muchas cosas que habíamos evitado durante años.
Durante los días siguientes, Marcos vino a casa varias veces. Hablamos como nunca antes. Me pidió perdón, no solo por vender el reloj, sino por su indiferencia, por su egoísmo. Yo también le confesé mis miedos, mi soledad desde que Daniel murió y cómo ese reloj era mi último ancla con él.
Decidimos usar parte del dinero que Daniel había escondido para algo simbólico: arreglar el reloj y grabar en la parte trasera una frase sencilla: “El tiempo nos une”. El resto lo guardé, tal como él había querido, para emergencias. No para viajes impulsivos, no para caprichos.
Marcos canceló su viaje. Dijo que necesitaba tiempo para pensar, para madurar. No sé si fue solo por culpa o porque realmente entendió el valor de lo que casi había perdido. Lo que sí sé es que ese reloj, tan simple y aparentemente sin valor, nos obligó a mirarnos de frente como familia.
Hoy lo llevo yo. Cada vez que miro la hora, recuerdo que el amor no siempre se muestra con grandes gestos, sino con pequeñas decisiones silenciosas. Y también aprendí que el duelo, cuando no se habla, puede romper incluso los lazos más fuertes.
Ahora quiero preguntarte a ti, que has llegado hasta aquí: ¿crees que Marcos merecía una segunda oportunidad? ¿Qué habrías hecho tú en mi lugar? Déjalo en los comentarios y conversemos, porque historias como esta pasan más a menudo de lo que imaginamos.



