Cuando las luces blancas del consultorio reflejaban el brillo metálico de las herramientas, yo, Camila Duarte, apenas podía mantenerme sentada. Las costuras de la cirugía aún tiraban con cada respiración. Estaba allí para una revisión posoperatoria, intentando no pensar en el dolor ni en el miedo constante que ya formaban parte de mi vida con Eric, mi esposo desde hace tres años. Creí que vendría a acompañarme, pero apenas entró por la puerta, su mirada oscura me heló la sangre.
«¡PAGA O VETE!», rugió, haciendo que la enfermera en la esquina diera un salto. Yo apenas levanté la vista. —No… —susurré, sabiendo que contradecirlo siempre tenía consecuencias. Pero antes de siquiera terminar de hablar, su mano chocó contra mi rostro y me lanzó contra el suelo. El impacto me arrancó el aire y un dolor punzante cruzó mis costillas recién intervenidas.
Sentí un sabor metálico en la boca mientras él se inclinaba sobre mí, su sombra tapando la luz. «¿De verdad crees que puedes decidir algo por ti misma?», escupió con desprecio. En ese momento, entendí que ya no era solo violencia doméstica; era control absoluto, posesión. Para él, yo no era una persona, sino una deuda que debía pagar de alguna manera retorcida que solo él entendía.
La enfermera trató de acercarse, pero Eric le lanzó una mirada que la paralizó. Yo intenté arrastrarme hacia la pared, cada movimiento desgarrando mis puntos de sutura. Mis manos temblaban, y el frío del suelo clínico contrastaba con la humillación ardiente en mi pecho.
Y entonces sucedió: el destello azul intermitente se filtró por el vidrio esmerilado de la puerta. Las siluetas de dos oficiales aparecieron detrás del marco, y una voz firme ordenó: «¡Señor, aléjese de ella ahora mismo!»
El corazón me retumbaba en los oídos. Eric retrocedió apenas un paso, pero su expresión cambió a una sonrisa torcida. Como si ya tuviera un plan, como si supiera algo que yo desconocía. En aquel instante, mientras los agentes entraban corriendo, entendí que lo peor estaba lejos de haber terminado.
—Camila, ¿qué está pasando? —preguntó uno de los oficiales.
Yo abrí la boca para responder… pero Eric hizo algo que nadie esperaba.
Y allí comenzó el verdadero desastre.Eric se volvió bruscamente hacia los agentes, levantando las manos con exagerada lentitud, como si estuviera representando una escena ensayada. «Oficiales», dijo con voz temblorosa pero manipuladora, «mi esposa necesita ayuda psiquiátrica. Está fuera de control desde la cirugía».
Sentí cómo la rabia y el pánico se mezclaban dentro de mí. —¡Mentira! —intenté incorporarme, pero el dolor me dobló de nuevo. Uno de los policías me miró, luego miró la sangre que aparecía entre mis puntos abiertos. Sus ojos se endurecieron.
—Señor, aléjese —ordenó el agente más alto.
Pero Eric no obedeció. En cambio, dio un paso atrás y levantó la voz para que todos escucharan: «Tengo pruebas de que ella intentó lastimarse. ¡Incluso intentó culparme antes!»
La enfermera, finalmente reuniendo valor, intervino: «¡Eso no es cierto! Él la golpeó. Yo lo vi».
Eric la señaló con furia. «¡Tú cállate! No tienes idea de lo que pasa en nuestro matrimonio».
Los oficiales ya no le creían. Uno avanzó hacia mí mientras el otro intentó esposarlo. Y ahí, como si hubiese estado esperando ese momento exacto, Eric empujó una bandeja metálica llena de instrumentos hacia el policía, provocando un ruido ensordecedor. El oficial perdió el equilibrio, y Eric aprovechó la confusión para correr hacia la salida trasera del consultorio.
—¡Va armado! —gritó la enfermera, aunque no sabíamos si era cierto.
El agente que me asistía pidió una ambulancia. Cuando intentó ayudarme a ponerme de pie, un dolor agudo recorrió mi abdomen. Las costuras de la cirugía se habían abierto parcialmente. Todo se volvió borroso.
—Camila, mantente despierta —ordenó el policía—. Necesito que me digas si él ha hecho esto antes.
Tragué saliva. —Muchas veces. Pero esta vez… esta vez dijo que si algún día lo denunciaba, no quedaría rastro de mí.
El agente intercambió una mirada grave con su compañero. Afuera, pude escuchar a más patrullas llegar. Eric seguía prófugo, pero ahora ya no estaba oculto en la privacidad de nuestra casa. Ahora era un agresor buscado.
Mientras la camilla llegaba y me subían lentamente, no pude evitar mirar hacia la puerta, esperando verlo irrumpir de nuevo. No lo hizo.
Pero cuando el paramédico ajustó la sábana sobre mí, encontré algo en el bolsillo de mi bata: un papel arrugado. Lo abrí con manos temblorosas.
Reconocí su letra de inmediato:
“No terminarás lo que empezaste. Te encontraré.”
El frío que sentí no venía del hospital.
Venía de saber que esto apenas comenzaba.Me trasladaron al Hospital Central de Barcelona bajo vigilancia policial. Los médicos trabajaron para cerrar de nuevo la herida y detener la hemorragia, pero mi mente estaba lejos de la sala. Cada sonido del pasillo me hacía sobresaltar. Cada sombra bajo la puerta me parecía una amenaza.
La inspectora Lucía Navarro, encargada del caso, vino a interrogarme esa misma noche. Era una mujer de mirada firme, pero voz serena. Se sentó a mi lado con una grabadora.
—Camila, necesitamos entender todo lo que ha pasado para poder detenerlo antes de que vuelva a intentarlo.
Respiré hondo. Mis costillas dolían, mis puntos tiraban, mi corazón latía de manera irregular, pero hablé. Conté tres años de manipulación, amenazas veladas, desapariciones sospechosas de mis documentos, aislamiento de mis amigas, y golpes disfrazados de “accidentes domésticos”.
Cuando terminé, Lucía cerró la libreta con un suspiro.
—Con lo que me has dicho… él no va a rendirse. Pero tampoco estás sola.
Sin embargo, al día siguiente, las noticias lo confirmaron: Eric había robado un coche y había sido visto en la carretera que salía de la ciudad. Las autoridades alertaron la zona, pero algo en mí decía que no estaba huyendo. No… estaba reorganizándose.
Dos días después, mientras hablaba con mi madre por teléfono, un sobre sin remitente fue entregado en recepción. La enfermera lo llevó hasta mi habitación sin sospechar nada. En su interior, solo había una fotografía: yo saliendo del hospital, tomada desde algún ángulo cercano.
En la parte inferior, escrita con marcador negro:
“Falta poco.”
El pánico me recorrió entera.
—¡Lucía! —grité.
Ella llegó en menos de un minuto. Al ver la foto, ordenó aumentar la vigilancia y moverme a una habitación diferente, lejos de ventanas y accesos externos.
—No puede estar dentro del hospital —dijo con seguridad, aunque yo veía duda en sus ojos—. Pero necesitamos que te prepares. Esto puede ir para largo.
Esa noche, no dormí. Me quedé mirando la puerta, imaginando mil formas en que podía entrar. Cada vez que un guardia pasaba, mi cuerpo se tensaba.
Pero también, por primera vez, una parte de mí sentía algo parecido a fuerza.
Era yo quien estaba contando la historia ahora.
Yo, quien finalmente había roto el silencio.
Y quizá —solo quizá— otras mujeres leyendo esto podrían verlo y decir: “Yo también merezco salir viva.”
Si eres hispanohablante y estás aquí… ¿Qué harías tú en el lugar de Camila?
¿Seguirías escondiéndote… o lucharías hasta el final?
Tu opinión puede ayudar a que esta historia llegue a alguien que la necesite.
Te leo.



