El olor a lirios y cera caliente se me pegaba a la garganta. La iglesia de San Miguel estaba llena, pero yo me sentía sola, con la mano sobre mi vientre de cinco meses, intentando respirar despacio. Mi padre, Javier Morales, yacía en el ataúd, impecable, como si la muerte no se atreviera a despeinarlo. A su lado, mi madrastra, Claudia Rivas, vestida de negro perfecto, ni una lágrima fuera de lugar.
Apenas el sacerdote terminó la última oración, Claudia se inclinó hacia mí, rozándome el oído con su aliento perfumado.
—No hagas el ridículo, Lucía. No vas a recibir ni un centavo.
Me quedé helada. Ni siquiera habían apagado las velas del altar cuando ella ya hablaba como dueña absoluta. En el vestíbulo, donde la familia se agrupaba para dar el pésame, Claudia colocó una carpeta sobre una mesa. Sus hijos, Álvaro y Nerea, se plantaron a cada lado como guardaespaldas.
—Javier quería que esto se resolviera rápido —anunció Claudia, con voz dulce para los demás—. La casa y las cuentas se transferirán a mis hijos.
Sentí que el suelo se abría.
—Eso no es posible —dije, más fuerte de lo que pretendía—. Hay un testamento.
Claudia sonrió sin calor.
—Los testamentos se impugnan todos los días.
Tragué saliva. Miré a mis tíos, a los amigos de mi padre, buscando un gesto de apoyo. Nadie se movió. Entonces dije lo único que me quedaba:
—Soy su hija. Y estoy embarazada. No quiero pelear… solo lo que él quiso.
Claudia bajó la vista a mi barriga y soltó una risita.
—¿Embarazada? No es mi problema.
Y chasqueó los dedos.
—Sáquenla.
Dos hombres de seguridad, contratados quién sabe por quién, me agarraron del brazo.
—Señorita, tiene que salir —dijo uno.
—¡No estoy armando un escándalo! ¡Déjenme hablar con el abogado! —supliqué.
El segundo me empujó. Mi hombro chocó contra la pared. El dolor me atravesó las costillas. Me cubrí el vientre instintivamente.
—¡Me están haciendo daño! —grité.
Un puñetazo me dejó sin aire. Probé sangre. Y antes de que la puerta lateral se cerrara en mi cara, escuché a Claudia murmurar, como una sentencia:
—Tal vez por fin aprendas tu lugar.
Caí de rodillas en la acera. Temblando, metí la mano en el bolso… y mis dedos rozaron una pequeña llave de bronce. La misma que mi padre me había puesto en la palma dos días antes de morir. Entonces, el recuerdo me golpeó más fuerte que el puñetazo:
—“Si Claudia muestra quién es de verdad, ve al banco. Prométemelo.”
No fui al hospital. Me limpié el labio en el baño de una gasolinera, respiré hasta que el mareo cedió y llamé a mi ginecóloga. Me dijo que vigilara los movimientos del bebé y que fuera si notaba algo raro. El bebé se movió, suave, como diciéndome: aguanta. Y eso hice.
A la mañana siguiente, con un moretón morado en las costillas y gafas de sol para ocultar el cansancio, entré al Banco del Centro. La llave de bronce pesaba como una promesa en el bolsillo. Pregunté por cajas de seguridad. La recepcionista me miró con rutina hasta que mencioné el nombre de mi padre, Javier Morales. Entonces cambió el gesto.
—Un momento… ¿usted es Lucía Morales? —preguntó.
Asentí.
—Su padre dejó instrucciones específicas. Pase, por favor.
Me llevaron a una sala privada. Un gerente, Don Rafael, sacó un sobre sellado y una carpeta. En el sobre estaba mi nombre escrito con la letra inconfundible de papá. Me temblaron las manos al abrirlo.
“Lucía: si estás leyendo esto, es porque Claudia intentó borrarte. Dentro de la caja hay el testamento actualizado, copias certificadas y una carta para el notario. No confíes en nadie que se quede callado en mi funeral.”
Tragué el nudo de la garganta. Don Rafael introdujo la llave en una caja metálica y la abrió. Dentro había documentos, un USB y una segunda llave más moderna, con una etiqueta: “Trastero 14”.
—¿Qué es todo esto? —susurré.
—No puedo asesorarla legalmente —dijo el gerente—, pero su padre fue muy… meticuloso.
En la carpeta encontré algo decisivo: un testamento firmado ante notario hacía tres semanas, donde mi padre me dejaba la casa familiar y el 60% de los fondos; a Claudia, un usufructo temporal condicionado; y a Álvaro y Nerea, una cantidad fija. También había comprobantes de transferencias sospechosas de Claudia durante los últimos meses y una carta del notario indicando que, si Claudia presentaba un documento anterior, se consideraría intento de fraude.
Lo que me terminó de helar fue el USB. Lo conecté allí mismo al portátil que Don Rafael me prestó. Era un audio, fechado una semana antes del infarto de papá. Su voz sonaba cansada, pero clara:
—“Claudia, deja de presionarme. No voy a firmar nada que perjudique a mi hija.”
La voz de Claudia respondió, nítida, venenosa:
—“Entonces lo firmarás sin leer. Como siempre.”
Se escuchó un forcejeo, un golpe seco, y luego el audio se cortó.
Me tapé la boca. Sentí rabia, asco, miedo… todo junto. No era solo herencia: era la verdad de lo que ella había sido capaz de hacer.
Ese mismo día, fui al notario con los documentos. Presentamos una medida cautelar para congelar cualquier transferencia. Y por primera vez desde el funeral, no lloré: planeé.
Dos semanas después, Claudia organizó una “reunión familiar” en la misma casa donde crecí, como si ya fuera suya. Llegué con mi abogado, Sergio Navarro, y con una carpeta idéntica a la suya. Álvaro y Nerea estaban en el sofá, seguros, sonriendo como si hubieran ganado antes de jugar.
Claudia se levantó apenas me vio.
—Lucía… qué dramatismo. ¿Vienes a pedir perdón? —dijo, con esa voz melosa que usaba cuando quería parecer víctima.
Sergio habló antes que yo.
—Venimos por una notificación oficial. Desde hoy, cualquier movimiento sobre bienes del señor Javier Morales queda congelado por orden judicial provisional.
La sonrisa de Claudia se tensó.
—Eso es absurdo. Yo soy su viuda.
—Y ella es su hija —respondió Sergio—. Y además, hay un testamento posterior.
Claudia se rió, demasiado fuerte.
—¿Un testamento? ¿De dónde lo sacaste?
Yo abrí mi carpeta, despacio, disfrutando el silencio.
—Del banco —dije—. Del lugar al que papá me dijo que fuera si tú “mostrabas quién eras”.
Vi cómo su cuello palidecía. Intentó mantener la compostura.
—Eso puede ser falso.
Sergio deslizó sobre la mesa copias certificadas, el sello notarial, y luego una transcripción del audio.
—Y esto es una prueba adicional de coacción —añadió—. Si usted insiste en presentar documentos anteriores o en ocultar bienes, la investigación puede convertirse en causa penal.
Álvaro se incorporó, confundido.
—Mamá… ¿qué es esto?
Claudia lo fulminó con la mirada.
—No te metas.
Yo respiré hondo. Me ardían las costillas al hacerlo, pero no iba a callarme.
—En el funeral me sacaste como a una delincuente —dije—. Me golpearon. Me sangró la boca. Y tú te reíste. ¿Recuerdas cuando dijiste “embarazada, no es mi problema”? Pues ahora sí es tu problema.
Claudia dio un paso atrás. Por primera vez, su máscara se resquebrajó.
—Lucía, podemos hablar… llegar a un acuerdo…
—No —respondí—. El acuerdo lo dejó papá por escrito. Y yo voy a cumplirlo.
Sergio se levantó.
—Tiene 48 horas para entregar llaves, documentación y declarar transferencias. Si no, se solicitarán allanamientos y medidas adicionales.
Claudia tragó saliva. Sus ojos brillaron, no de pena, sino de miedo. La mujer que me expulsó del funeral estaba suplicando en su propio salón.
Cuando salí, el aire me pareció más ligero. Me llevé una mano al vientre. Mi bebé se movió otra vez, como un pequeño aplauso.
Y ahora te pregunto a ti, que estás leyendo: si estuvieras en mi lugar, ¿habrías perdonado a Claudia o habrías ido hasta el final? Déjamelo en comentarios: “Perdón” o “Hasta el final”. Y si quieres la segunda parte del juicio y cómo terminó todo con la casa, dime: “Quiero la continuación”.


