Me llamo Clara Montes, tengo treinta y un años y estoy embarazada de cinco meses. Desde hace semanas, cada noche después de cenar sentía un mareo intenso, una sensación de presión en el pecho y una debilidad que me dejaba casi sin fuerzas para caminar hasta la cama. Al principio pensé que era normal por el embarazo. Mi esposo, Daniel Ortega, siempre decía preocupado: “Debe ser el cansancio, amor, yo me encargo de cocinar para que descanses”. Así lo hacía: él preparaba cada comida con extremo cuidado… o eso creía yo.
Una tarde, durante una visita médica, mencioné los mareos. La doctora me mandó a hacer análisis básicos y recomendó vigilar lo que ingería. No encontró nada extraño, pero insistió: “Si vuelve a pasar justo después de comer, no lo ignore”. Aquella advertencia se quedó clavada en mi mente. Esa misma noche, decidí comprobar algo impensable. Cuando Daniel me sirvió la cena, aproveché que fue al baño y escondí parte de la comida en una bolsa bajo la mesa. Fingí comer y, minutos después, simulé sentirme mal. Caí al suelo aparentando perder el conocimiento.
Lo que escuché cambió mi vida. Sentí pasos nerviosos, su respiración acelerada, y luego su voz temblorosa diciendo casi en un susurro: “Creo que por fin cayó…”. Tomó el teléfono y se alejó unos metros. Sin moverme, oí claramente: “Sí, parece que funcionó. Cada noche estaba más débil. No debería tardar mucho más”. Mi cuerpo se paralizó. No por el supuesto desmayo, sino por el terror. ¿Funcionó qué? ¿De qué hablaba?
Mientras seguía fingiendo estar inconsciente, Daniel regresó a mi lado, puso su mano sobre mi frente y murmuró con una calma que me heló la sangre: “Perdóname, Clara, no tenía otra opción”.
En ese instante comprendí que los mareos no eran casualidad. Alguien estaba provocándolos. Y ese alguien era la persona en quien más confiaba. Mi vida —y la de mi bebé— no dependían de una enfermedad, sino de una verdad oscura que acababa de descubrir en silencio…
Esperé varios minutos antes de volver en mí. Daniel reaccionó como un actor perfecto: fingió preocupación, llamó “a una ambulancia” que nunca llegó y, finalmente, dijo que yo había despertado “justo a tiempo”. Yo asentí, actué confusa y repetí el papel de la esposa frágil que necesitaba ayuda. Por dentro, la mente me corría a toda velocidad. Tenía que saber qué estaba pasando sin alertarlo.
Esa noche, cuando él se durmió, revisé su teléfono. Nunca había sentido tanta culpa, pero la necesidad pudo más. Encontré mensajes ocultos archivados con una mujer llamada Laura Benítez: conversaciones sobre “dosis”, “tiempos” y transferencias de dinero. Un mensaje reciente me dejó sin aire: “Mientras siga comiendo, no habrá sospechas. Recuerda que debe parecer natural.”
Al día siguiente llevé a analizar la comida que había escondido. Un conocido de mi hermana, técnico de laboratorio, aceptó ayudarme discretamente. El resultado fue devastador: la comida contenía pequeñas cantidades de un medicamento para tratar trastornos cardíacos que, en mi estado, podía provocar desmayos e incluso un paro cardíaco en exposiciones repetidas.
Mi esposo estaba envenenándome lentamente. ¿Por qué? La respuesta llegó horas después, cuando hallé unos documentos dentro de su maletín: una póliza de seguro de vida puesta apenas meses después de que quedé embarazada, por una suma enorme, con él como único beneficiario. El rompecabezas encajaba cruelmente.
No podía enfrentarlo sin pruebas sólidas. Tenía que pensar por dos: por mí y por mi bebé. Llamé a un abogado, presenté lo que había conseguido y recibí instrucciones claras: debía seguir actuando normal mientras avanzaba una denuncia formal para atraparlo sin que sospechara.
Cada cena se volvió una tortura. Observaba cómo Daniel sonreía mientras servía la comida y decía: “Come, tienes que alimentar al bebé”. Yo fingía dar pequeños bocados que escupía luego en secreto. Sonreía, agradecía y mentía como nunca antes.
Durante días viví una doble vida: la esposa confiada frente a él, y una mujer aterrada que reunía pruebas junto a la policía en silencio. Grabé conversaciones, guardé restos de comida, documenté transferencias y reuní todo lo necesario para demostrar sus intenciones. Mi miedo no era solo por morir, sino por el daño irreversible a mi hijo.
Cada noche esperaba el momento de justicia… sabiendo que el desenlace estaba cada vez más cerca.
El día decisivo llegó en apariencia como otro cualquiera. Daniel preparó la cena “especial”, incluso encendió velas. “Para celebrar que ya te ves mejor”, dijo sonriendo. Yo asentí mientras activaba discretamente la grabadora del móvil oculto en mi bolsillo. Me senté, dejé que sirviera el plato y fingí comer unos bocados.
Minutos después, llevé mi actuación al extremo: respiración agitada, manos temblorosas y, de nuevo, caída al suelo. Daniel repitió el mismo ritual de la vez anterior: se acercó nervioso, luego tomó el teléfono y, creyéndome inconsciente, llamó a Laura: “Esta vez sí es definitivo. Ya no responde”.
En ese instante, agentes de policía irrumpieron en el comedor. Daniel quedó pálido como una hoja. Yo me incorporé lentamente mientras los oficiales se identificaban y le quitaban el teléfono de la mano. Él intentó negar, pero las grabaciones, los análisis de la comida, los mensajes y los documentos del seguro hablaron por mí.
Laura fue detenida ese mismo día; había participado en el plan para provocar mi muerte y cobrar el seguro. Daniel no dijo una palabra mientras se lo llevaban esposado. Solo me miró, con una mezcla de rabia y vergüenza que jamás olvidaré.
Hoy escribo esta historia desde la seguridad de un nuevo comienzo. Mi embarazo continúa sin complicaciones, los mareos desaparecieron por completo, y mi bebé crece sano dentro de mí. Aún cargo cicatrices invisibles: confiar ciegamente casi me cuesta la vida. Pero también aprendí que escuchar la intuición y actuar a tiempo puede salvarlo todo.
No sé qué hubiera pasado si aquella noche no fingía desmayarme o si no hubiese decidido esconder la comida. Tal vez esta historia no estaría siendo contada.
Si llegaste hasta aquí, dime: ¿qué habrías hecho tú en mi lugar al descubrir una traición tan peligrosa? ¿Confiarías en reunir pruebas como yo, o habrías enfrentado la verdad de inmediato? Tu opinión puede ayudar a otros que están viviendo situaciones similares sin saberlo. Comparte este relato y deja tu comentario: hablar de estas historias también puede salvar vidas.



