Llegué descalza a la entrevista a las ocho de la mañana. El edificio de cristal reflejaba una ciudad que parecía no tener espacio para alguien como yo. El suelo de mármol estaba frío bajo mis pies, y cada paso resonaba como una advertencia. Me llamo Lucía Herrera, tenía veinticuatro años y esa era mi última oportunidad real después de meses enviando currículums sin respuesta. En la sala de espera había veinticinco candidatos, todos con trajes impecables, relojes caros y zapatos brillantes. Yo llevaba un vestido sencillo y una carpeta gastada con mis documentos.
Las miradas me atravesaban sin pudor. Algunas eran de curiosidad, otras de desprecio. Un hombre de traje gris, sentado frente a mí, sonrió con burla y dijo en voz alta: “¿Dónde están tus zapatos?”. Varias personas rieron en voz baja. Sentí cómo la sangre me subía al rostro, pero respiré hondo. No podía permitirme huir. Levanté la cabeza y respondí con voz firme: “Los perdí… pero no mis sueños”. El murmullo se apagó poco a poco, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.
En ese momento, la puerta de la sala se abrió. Alejandro Montoya, el CEO millonario de la empresa, apareció acompañado por su asistente. No era como lo imaginaba: no sonreía, no imponía con gestos exagerados. Observaba en silencio. Cuando sus ojos se posaron en mí, noté que se detenían un segundo más de lo normal. No dijo nada, solo asintió levemente y pidió que entráramos a la sala de entrevistas.
Las preguntas comenzaron una por una. Experiencia, estudios, presión, fracasos. Cuando llegó mi turno, no adorné la verdad. Conté que había trabajado desde los dieciséis años, que había dejado la universidad por falta de dinero, que cuidaba a mi madre enferma y que había caminado más de una hora esa mañana porque no tenía para el transporte. Algunos bajaron la mirada, otros fruncieron el ceño. Alejandro me escuchó sin interrumpir, con los dedos entrelazados.
Al final, cerró la carpeta y dijo: “Aquí no busco al currículum perfecto, sino a alguien que no se rinda cuando todo está en contra”. El silencio fue absoluto. Mi corazón latía con fuerza. Entonces añadió algo que nadie esperaba y que cambiaría el rumbo de esa mañana para siempre.
Alejandro se levantó de su silla y caminó lentamente alrededor de la mesa. Miró a cada candidato a los ojos antes de volver a detenerse frente a mí. “Lucía”, dijo leyendo mi nombre, “tú has llegado hasta aquí sin nada que impresione a simple vista, pero con algo que no se aprende en ninguna escuela”. Algunos se removieron incómodos en sus asientos. Yo sentía las manos húmedas y las piernas temblando, pero me mantuve firme.
El CEO pidió a los demás que salieran un momento. Hubo protestas silenciosas, miradas de incredulidad, pero nadie se atrevió a contradecirlo. Cuando la puerta se cerró, solo quedamos él, su asistente y yo. Alejandro suspiró y me contó algo que no figuraba en ninguna revista. A los veinte años, él también había llegado a una entrevista sin nada, después de dormir en su coche durante semanas. “Nadie lo sabe”, confesó, “porque el éxito suele borrar el pasado”.
Me explicó que la empresa necesitaba a alguien para un puesto junior, duro y mal pagado al inicio, donde muchos renunciaban en pocos meses. “No es caridad”, aclaró, “es una apuesta”. Me preguntó si estaba dispuesta a empezar desde abajo, a aceptar errores y aprender sin garantías. Respondí sin dudar: “Sí”. No porque fuera valiente, sino porque no tenía otra opción.
Firmé un contrato provisional con manos temblorosas. Cuando salí de la sala, los otros candidatos me miraban con una mezcla de sorpresa y frustración. Algunos no dijeron nada, otros murmuraron que era injusto. Yo solo caminé hacia la salida, todavía descalza, pero con la sensación de haber ganado algo más que un empleo.
Las primeras semanas fueron brutales. Jornadas largas, tareas repetitivas, miradas que seguían juzgándome. Hubo días en los que pensé renunciar. Pero cada vez que recordaba el suelo frío bajo mis pies aquella mañana, seguía adelante. Poco a poco, mi trabajo empezó a hablar por mí. Aprendí rápido, pregunté sin miedo y cometí errores que corregí con esfuerzo.
Un mes después, Alejandro me llamó a su oficina. Pensé que había fallado. En lugar de eso, me mostró los resultados de mi trabajo y dijo: “Esto es lo que pasa cuando alguien no se rinde”. Por primera vez, sentí que no estaba sobreviviendo, sino avanzando.

Con el paso de los meses, mi vida empezó a cambiar de verdad. No de forma mágica ni inmediata, sino con pequeños pasos firmes. Pude comprar mis primeros zapatos nuevos, ayudar en casa y, sobre todo, recuperar la confianza en mí misma. Dentro de la empresa, dejé de ser “la chica descalza” para convertirme en Lucía, la que resolvía problemas y cumplía plazos. No todos me aceptaron, pero ya no lo necesitaba.
Un año después, Alejandro me pidió que contara mi historia en una reunión interna. Al principio dudé. No quería dar lástima ni parecer un símbolo. Pero entendí que no se trataba de mí, sino de lo que representaba. Dije que el talento existe en lugares incómodos, que a veces llega sin envoltorio elegante, y que juzgar demasiado rápido puede costar oportunidades valiosas. Vi a algunos asentir en silencio.
Hoy sigo trabajando duro. No soy millonaria ni famosa, pero tengo estabilidad y dignidad. A veces recuerdo aquella pregunta burlona: “¿Dónde están tus zapatos?”. Ahora sé que los zapatos se pueden perder, romper o no tener, pero la determinación no. Esa no se compra ni se hereda, se construye.
Si has llegado hasta aquí leyendo mi historia, dime algo: ¿alguna vez te han juzgado solo por lo que no tenías? ¿Crees que una oportunidad puede cambiar una vida cuando alguien decide mirar más allá de las apariencias? Me encantaría leerte en los comentarios y saber qué habrías hecho tú en mi lugar. Comparte esta historia si crees que aún hay esperanza para quienes llegan descalzos, pero con sueños intactos.



