Veinte años sin tocar a una mujer… y entonces ella apareció. “¿Por qué tiembla cuando me mira?”, me susurró, demasiado cerca. “Aléjate”, ordené, golpeando el escritorio, pero mi voz me traicionó. Su perfume, su desafío, su sonrisa peligrosa. En ese instante entendí que mi imperio no estaba en riesgo por un enemigo… sino por mi propio deseo. ¿Qué pasará cuando descubra mi secreto más oscuro?

Durante veinte años me llamé a mí mismo intocable. No por orgullo, sino por miedo. Me llamo Alejandro Cortés, CEO de Cortés Inversiones, uno de los grupos financieros más grandes de Madrid. El poder me dio todo… menos paz. Tras un escándalo personal que destruyó mi matrimonio y mi reputación emocional, decidí cerrar una puerta para siempre: no volver a tocar a una mujer. El trabajo fue mi refugio, mi castigo y mi excusa.

Todo cambió el día que Lucía Morales cruzó la puerta de mi oficina como nueva asistente ejecutiva. Treinta años, mirada firme, voz segura. No bajó la cabeza como los demás. “Buenos días, señor Cortés. Empezamos a las ocho, no a las ocho y cinco”, dijo sin titubear. Algo se tensó en mí. No era deseo todavía. Era amenaza.

Los días siguientes fueron un campo minado. Lucía era eficiente, directa, incómodamente inteligente. Sabía leer mis silencios. Sabía cuándo mentía. Una tarde, mientras revisábamos un contrato millonario, se inclinó para señalar un error. Su perfume me golpeó sin aviso. Me aparté bruscamente.

—¿Le molesto? —preguntó en voz baja.
—Mantenga la distancia —ordené, golpeando el escritorio.

Pero mis manos temblaban. Ella lo vio.

—¿Por qué tiembla cuando me mira? —susurró, demasiado cerca.

La miré con rabia contenida. Nadie me hablaba así. Nadie se atrevía.
—No vuelva a cruzar esa línea —dije.

Lucía sonrió, no con burla, sino con desafío.
—Entonces no me mire como si quisiera hacerlo.

Esa noche no dormí. Comprendí algo que me aterrorizó más que cualquier crisis financiera: no era ella el problema. Era yo. Mi imperio no estaba en riesgo por competidores ni traiciones internas… sino por un deseo que creía enterrado.

Al día siguiente encontré en mi despacho un sobre sin remitente. Dentro, una copia de un informe antiguo, uno que solo yo conocía. Mi secreto más oscuro había salido a la luz. Y Lucía estaba sentada frente a mí cuando lo abrí.

Sentí cómo la sangre me abandonaba el rostro. El informe no era solo un papel: era la prueba de la decisión que me había marcado de por vida. Lucía me observaba en silencio, con una calma inquietante.

—¿Quiere que salga? —preguntó.
—No —respondí demasiado rápido—. Cierre la puerta.

Lo hizo sin decir nada. Me levanté, incapaz de seguir sentado.
—Ese documento nunca debió existir —murmuré.

Lucía respiró hondo.
—Entonces es verdad —dijo—. Usted no es frío. Está huyendo.

Nadie había puesto palabras tan claras a mi culpa. Años atrás, sacrifiqué a alguien inocente para salvar la empresa. Una decisión legal… pero moralmente imperdonable. Desde entonces, el contacto humano me parecía una amenaza. El afecto, una debilidad.

—No sabe de lo que habla —repliqué.
—Sé lo que es vivir con miedo —respondió—. Mi padre lo hizo hasta que murió.

Sus palabras no buscaban compasión. Buscaban verdad. Los días siguientes, algo cambió entre nosotros. No hubo caricias ni promesas, solo conversaciones incómodas y silencios compartidos. Lucía no me perseguía; me enfrentaba.

Una noche, tras una junta tensa, se quedó conmigo en la oficina.
—Alejandro, no puede controlar todo —dijo—. Ni siquiera a sí mismo.

La miré. Por primera vez no huí.
—¿Y si pierdo todo?
—Entonces al menos no se perderá usted.

Estuve a punto de tocar su mano… y me detuve. Veinte años pesan más de lo que parece. Pero ella no se apartó. Solo esperó.

Al día siguiente, el consejo inició una auditoría interna. Alguien había filtrado información. Todas las miradas apuntaban a Lucía. Yo sabía que era inocente. Defenderla significaba exponer mi pasado. Callar significaba perderla.

En la reunión final, me puse de pie.
—La responsabilidad es mía —dije—. Y estoy dispuesto a asumirla.

Lucía me miró con sorpresa. No con gratitud, sino con algo más profundo: respeto. En ese instante entendí que tocar a una mujer no era el verdadero desafío. Lo era decir la verdad

Las consecuencias no tardaron. Perdí la presidencia del consejo, parte de mis acciones y el control absoluto que tanto había protegido. Pero gané algo inesperado: ligereza. Por primera vez en años, dormía sin pesadillas.

Lucía renunció una semana después. Entró a mi despacho con una serenidad nueva.
—No quiero ser la asistente de un hombre que empieza a vivir —dijo—. Quiero conocerlo como igual.

Nos sentamos frente a frente. Sin escritorios. Sin títulos.
—No sé cómo se hace eso —confesé.
—Aprendiendo —respondió—. Despacio.

No hubo finales de película ni promesas grandilocuentes. Solo un café compartido, una risa tímida y una mano que, esta vez, no retiré. Veinte años sin tocar a una mujer no se borran en un día, pero se rompen en un segundo de honestidad.

Hoy no soy el CEO intocable. Soy un hombre reconstruyéndose. Y Lucía camina a mi lado, no delante ni detrás.

Si esta historia te hizo sentir algo, déjanos un comentario, comparte tu opinión y dinos:
👉 ¿Crees que Alejandro hizo lo correcto al decir la verdad?
👉 ¿Tú habrías arriesgado tu poder por empezar de nuevo?

Tu punto de vista también forma parte de esta historia. 💬