Mi nombre es Richard Collins, tengo 62 años y vivo solo desde que mi esposa murió hace tres años. Mi hijo, Andrew, me visita de vez en cuando, aunque nuestra relación se volvió distante después de la pérdida de su madre. Una tarde cualquiera, Andrew apareció sin previo aviso, sonriendo y diciendo que quería “revisar” mi viejo Ford que llevaba años conmigo. Algo en su tono no me convenció, pero no dije nada. Él se agachó, miró el motor, tocó un par de cables y aseguró que todo estaba bien. Me abrazó de despedida, algo raro en él últimamente, y se fue con prisa, mirando repetidamente hacia la calle.
Esa noche no pude dormir. Algo me decía que revisara el coche con más calma. Al día siguiente, decidido a entender por qué su visita me había dejado inquieto, me puse unos guantes y me metí debajo del vehículo. Allí lo vi: un pequeño dispositivo negro adherido con un imán. Un rastreador. Me quedé paralizado. ¿Por qué mi propio hijo necesitaría rastrearme? ¿Me estaba siguiendo? ¿Acaso dudaba de mí? Miles de preguntas me atravesaron la mente. Recordé un detalle: hace meses, Andrew me pidió prestado dinero para su nuevo negocio, pero yo me negué porque había rumores de que se juntaba con personas peligrosas. ¿Sería posible que estuviera en problemas?
Mi corazón latía rápido. Respiré profundo, saqué el rastreador con cuidado y sin mencionar nada a Andrew, decidí hacer algo impulsivo: lo empaqué en una caja pequeña, lo envié por mensajería a una dirección aleatoria en Canadá que encontré en un foro sobre privacidad. Pensé que, al menos, así perderían mi ubicación.
Doce horas después, a las 3:14 de la madrugada, mi teléfono sonó. Contesté medio dormido, y una voz fría, desconocida, dijo solo una frase:
—“Sabemos lo que hiciste.”
En ese instante supe que mi vida acababa de cambiar, y que lo que venía sería mucho peor.
No pude volver a dormir. Pasé la noche sentado en el sofá, mirando la puerta como si alguien fuera a derribarla en cualquier momento. A las nueve de la mañana, Andrew volvió a visitarme, esta vez sin excusas. Entró con paso apresurado, nervioso, sudando.
—Papá —dijo—, ¿por casualidad encontraste algo en el coche?
Lo miré fijamente. Él evitaba mis ojos. Por un momento pensé en mentir, pero su expresión lo decía todo.
—Encontré un rastreador —respondí—. Lo envié lejos.
Andrew palideció como si hubiera recibido un disparo. Se llevó las manos al rostro.
—Papá… hiciste algo muy peligroso.
Me explicó que hace meses se endeudó para financiar su negocio, pero terminó asociado con gente involucrada en contrabando internacional. Para asegurar el pago, le exigieron colocar un rastreador en mi coche. No porque quisieran dañarme, sino porque sabían que yo era la única persona estable de su vida, su “garantía humana”. Si él escapaba, ellos irían por mí. Andrew confesó que cuando vino aquel día, no era para “revisar el coche”, sino para asegurarse de que el dispositivo seguía funcionando.
Yo sentí una mezcla indescriptible de dolor y rabia. ¡Mi propio hijo me había usado como moneda de cambio! Me levanté bruscamente de la silla.
—¡¿Cómo pudiste involucrarme en esto?!
Andrew rompió a llorar.
—Papá… lo siento. No sabía qué más hacer. Juré que encontraría la forma de pagarlo antes de que te pasara algo.
Pero ya era tarde. La llamada de madrugada lo confirmaba. Al enviar el rastreador a Canadá, los hombres pensaron que intentábamos huir. Andrew revisó su celular: tenía más de veinte llamadas perdidas. Luego, su pantalla mostró un mensaje entrante:
“Tienen 24 horas. O él paga, o el viejo desaparece.”
En ese momento comprendimos lo frágil que era nuestra situación. Andrew propuso ir a la policía, pero temía que lo arrestaran y que eso empeorara todo. Yo, por otro lado, sabía que quedarme sin actuar sería una sentencia de muerte. Teníamos un día para decidir entre arriesgarlo todo o enfrentar a quienes nos estaban acechando.
Y allí comenzó la parte más peligrosa de nuestra historia.
Decidimos ir juntos a la policía. No por valentía, sino porque entendimos que solos no teníamos oportunidad. Expusimos todo: las deudas, el rastreador, la amenaza. El detective Miller escuchó con seriedad y, sin juzgarme, dijo:
—Si esto es real, no esperarán. Necesitamos un plan inmediato.
Propusieron usarme como señuelo para una operación encubierta. Colocarían un rastreador legal en mi coche, cámaras ocultas y un equipo de seguimiento cercano. Yo debía conducir como si nada pasara, esperando a que los criminales aparecieran. Andrew quiso acompañarme, pero Miller se negó:
—Si te ven, podrían actuar antes. Tu padre estará más seguro si no estás cerca.
Esa noche sentí miedo como nunca. Conduje por la ciudad bajo vigilancia policial, manos temblando sobre el volante. Después de una hora, un coche oscuro comenzó a seguirme. Intenté mantener la calma. De pronto, se colocó a mi lado y obligó a mi auto a detenerse. Dos hombres bajaron. El mayor, con tatuajes en las manos, abrió mi puerta con fuerza.
—Viejo, pensaste que podías jugar con nosotros —gruñó.
Justo cuando creí que mi último momento había llegado, patrullas aparecieron de todas partes con sirenas estruendosas. Los hombres fueron reducidos en segundos. Yo quedé paralizado, viendo cómo los esposaban. Uno de ellos murmuró al pasar junto a mí:
—Tu hijo pagará por esto.
Esa frase me heló el alma aún más que todo lo anterior. La policía prometió protección temporal y arrestaron a varios miembros de la banda durante la redada. Pero sabíamos que una organización así no desaparece de un día para otro. Andrew inició un programa de protección de testigos y está colaborando para reducir su pena. Nuestra relación no se curará de la noche a la mañana, pero ahora hablamos más. Él intenta reconstruir su vida, yo intento perdonarlo poco a poco.
A veces, cuando despierto en la madrugada, recuerdo la llamada: “Sabemos lo que hiciste.”
Y pienso: si no hubiera revisado el coche ese día, quizá hoy no estaría aquí para contarlo.
Si llegaste hasta aquí, dime en los comentarios:
👉 ¿Tú habrías entregado a tu propio hijo o lo habrías protegido?
Estoy leyendo cada opinión. ¿Qué harías tú en mi lugar?



